Autor: Leonardo Pacheco

En la industria automotriz siempre han existido los soñadores, esas personas extraordinarias que como Henry Ford, Preston Tucker e incluso como John DeLorean tuvieron una idea y la llevaron a cabo alentados por una enorme confianza. Pero lamentablemente no siempre esas ideas terminan siendo exitosas y peor aún, se convierten en un buen ejemplo de lo que no debemos hacer si queremos evitarnos una dura caída… algo así como un escarmiento para quienes actúan de manera impulsiva.

No obstante, de las ideas, los atrevimientos, la osadía y la convicción el mundo obtiene el combustible necesario para seguir avanzando, así que a los atrevidos hay que darles las gracias y mostrarles respeto, porque se lo merecen, y si alguna de sus ideas no resultó según lo planeado al menos debe concedérseles el crédito de haber intentado algo nuevo; y cuando esos sueños resultan exitosos la humanidad completa se beneficia… ahí tenemos el caso de Henry Ford con su modelo T.

Este preámbulo sirve para entender lo que sucedió con el compacto automóvil Nano, el ejemplar que el empresario Ratan Tata, dueño de la marca india Tata Motors, vio como una contundente respuesta a las necesidades de movilidad de su sobrepoblada nación y, ¿por qué no?, como una versión moderna del “auto del pueblo”; si Ford y Volkswagen lo hicieron, Tata también podría escribir su propio capítulo en el historia del automóvil.

Ni esto ni lo otro


Antes de ser develado, lo que sucedió en el Salón de Nueva Delhi (2008), tanto la prensa como su fabricante se referían al Nano como “el automóvil más barato del mundo”, una frase pegajosa que con el correr de los meses le pasó la cuenta a la marca; los 3.000 euros anunciados no se justificaban en un vehículo cuya configuración estaba justo en medio de una motocicleta y un automóvil.

Los potenciales compradores no se esforzaron ni se interesaron en entender esa ambigüedad, lo que provocó que unos optaran por el menor precio de una motocicleta y otros por adquirir un automóvil más grande, agregándole algunas rupias al monto por el que podían comprarse un Nano. En palabras simples, tomaron la decisión de gastar un poco más de dinero para subirse a un automóvil que no luciera como una motocicleta carrozada.

Al poco tiempo de estrenarse los problemas comenzaron a aparecer, cuestionamientos que le pegaron duro en el tema de la seguridad. Se informó de incendios espontáneos, y cuando el organismo independiente Global NCAP realizó las pruebas de rigor, estrellándolo contra una pared a 60 km/h, el Nano resultó absolutamente destruido y junto con anotarse cero estrellas la prensa internacional lo hizo trizas.

Debido a su bajo precio la cabina casi no tenía aditamentos destinados a la comodidad de los ocupantes, y esos delgados cobertores internos permitían que los decibeles producidos por el motor trasero bicilíndrico de 625 cc (37 cv) se filtraran con absoluta libertad.

La marca planeaba vender alrededor de 250 mil unidades por año, muy lejos de la realidad porque sumando las colocaciones obtenidas en una década no más de 230 mil ejemplares fueron puestos en manos de sus propietarios; y eso que las proyecciones anuales bajaron a la mitad… ya que en un principio se hablaba de 500.000 Nanos por cada lustro.  

Antes de anunciarse su salida del mercado, lo que se oficializó en 2018, se realizaron algunos esfuerzos por corregir los errores, como una versión más equipada que llevaba la denominación GenX Nano e incluso se pensó en electrificarlo, pero nada de eso evitó su salida.

La experiencia que nos deja el Tata Nano es que ninguna idea innovadora debe quedarse en el tintero, hay que atreverse porque nadie sabe cómo reaccionará el mercado. Esta vez no resultó, pero eso no quiere decir que en el futuro cercano no surja otro automóvil de este tipo, básico y a un precio asequible, claro que aprendiendo las lecciones de la historia y no cometiendo los mismos errores. Barato no tiene porqué ser sinónimo de malo o de trampa mortal.