Autor: LEO MELLADO

Viajamos hasta el interior de Copiapó para evaluar las capacidades de la nueva generación del todoterreno de la marca británica. Los resultados son positivos.

Tras la presentación en mayo del nuevo Land Rover Discovery en nuestro mercado, quedaba ponerle las manos encima para ver qué puntos calza.Por eso viajamos hasta la Región de Copiapó para emprender una travesía hacia los salares fronterizos con Argentina y a través de la cordillera de Domeyko, en un recorrido de más de 500 kilómetros con las dos versiones del modelo disponibles en Chile: la 3,0 TDV6 diésel SE y la 3,0 V6 supercargada HSE a gasolina. Esta fue una prueba más de resistencia de máquinas y tripulaciones que de habilidades todo terreno. Hablando de ellas, las que tiene este modelo se basan en la variante avanzada del sistema Terrain Response, que mediante una simple perilla en el centro de la consola se puede cambiar la configuración de la tracción. Se puede elegir entre rocas, barro, nieve, etc., o dejarlo en automático, según la ruta que haya que seguir. Así cambia la distribución de la fuerza en las ruedas, la altura sobre el suelo (tiene suspensión neumática) y otros parámetros que facilitan enormemente la circulación por cualquier parte. Y también puede vadear hasta 900 mm, una profundidad muy sobresaliente no solo para el segmento del Discovery, sino para cualquier otro.

En fin, nada de esto fue posible probar, ya que la ruta elegida por los organizadores del recorrido era esencialmente ripiada, a veces muy accidentada, pero claramente por debajo de las capacidades del vehículo. Una breve pasada junto a un salar, donde hubo que moverse fuera del camino, representó cierta dificultad, pero la superficie de gravilla suelta fue poca cosa para este modelo. De hecho, el mayor desafío fue la altura, pues en un momento el camino llegó hasta los 4.800 metros de altura. Allí, la falta de oxígeno debería haber mermado la potencia de los motores, pero si esto ocurrió, no fue perceptible en el manejo. La extensa ruta, que nos llevó al salar de Pedernales, 124 km al este de Diego de Almagro y a más de 3.300 metros de altura, podría haber sido muy dura para los pasajeros. Manejar en condiciones agresivas todo el día por cientos de kilómetros podría ser mortificante, pero no en el Discovery. Y he aquí por qué: el modelo es mayor en casi todas sus dimensiones internas, de manera que los ocupantes pueden gozar de buenos espacios para las piernas, los hombros y la cabeza. Los que probaron la tercera fila de asientos (que se puede plegar eléctricamente) tampoco se quejaron.

Sin embargo, los pasajeros de la segunda fila que sean muy altos sí podrían encontrar que sus rodillas quedan un poco elevadas. Fuera de eso, la ergonomía es óptima. Los caminos duros siempre van a la pelea con las suspensiones de un auto. Para el caso del Discovery dicha pelea se reduce a, digamos, una discusión acalorada. Las suspensiones no son para nada blandengues, es cierto, y además los neumáticos (sobre todo los 275/45) tienen un perfil tan bajo que no ayudan a amortiguar los impactos. No obstante, quien diga que eso hizo el viaje incómodo, miente. Es que además el Discovery no permite que sus ocupantes olviden que están a bordo de un auto bien premium. Las terminaciones, la conectividad, la pantalla táctil grande e intuitiva, las terminaciones, los múltiples ajustes de los asientos delanteros, el equipo de audio firmado por Meridian (en la versión HSE), etc., crean una atmósfera interna que permite soportar sin sacrificios una jornada de manejo que de otra manera habría sido agotadora.

Ver en EL MERCURIO
CLASIFICADOS AUTOMÓVILES
CLASIFONO Publica tu aviso aquí