Autor: LEO MELLADO

No había Ley Emilia, pero aquí le contamos qué le hicieron a un conductor borracho hace 2.800 años en Egipto.
El 28 de enero de 1896 Walter Arnold de East Peckham (en Inglaterra) se convirtió en el primer conductor de un automóvil que fue sancionado por exceso de velocidad.
Arnold circulaba feliz de la vida a unos alucinantes 13 km/h, sin darse cuenta que la velocidad máxima permitida en el pueblito era de algo más de 3 km/h. Lo vio un policía, quien de inmediato se lanzó en persecución del infractor –en bicicleta– dándole alcance y cursándole la correspondiente multa y castigo (tuvo que pagar los costos del proceso).
Aunque el inglés fue el primero en ser sancionado por transgredir las ley a bordo de un automóvil, no lo fue en absoluto en ser castigado por violar una ley de tránsito. De acuerdo
a un papiro egipcio de hace 2.800 años, un individuo cuyo nombre se perdió en la historia, salió de su taberna favorita completamente ebrio y, sin medir las consecuencias, se fue manejando su carromato tirado por caballos. Decisión fatal: chocó con una estatua y atropelló a una niña, matándola.
Sin necesidad de Ley Emilia, el juez determinó que el castigo del criminal era ser colgado hasta la muerte en la puerta de la taberna donde se había emborrachado y dejar su cuerpo
allí hasta que fuera devorado por animales carroñeros.
Los romanos, con su impresionante red de carreteras, fueron los primeros en desarrollar señales de tránsito.
Eran columnas de piedra que medían algo más de un metro. Lo de limitar la velocidad no tenía mucho sentido entonces, así que las señales solo indicaban la dirección para dirigirse
a un lugar y la distancia a Roma.
Desde entonces todos los caminos conducen a esa ciudad.
Había más regulaciones por supuesto. En Pompeya había pasos de peatones, mientras que una norma local establecía la prohibición a los carruajes de circular “desde el alba hasta la décima hora”. Pero fue en la Edad Media que los signos multidireccionales se convirtieron en algo común en las intersecciones de caminos. Y en los siglos posteriores numerosos Estados determinaron reglas para regular la circulación de carruajes y carretas.
Pero las leyes que hoy conocemos, y por las que nos pasan partes, llegaron con la masificación de los automóviles. A mediados del siglo XIX, los ingleses tuvieron que acatar
la curiosa ley llamada Locomotive Act, según la cual los vehículos no tirados por caballos (por entonces usaban calderas), no debían superar los 3 km/h en ciudades y los 6 km/h
en caminos rurales. Para peor, un hombre debía caminar delante del automóvil agitando una bandera roja para advertir que venía uno de esos trastos.
Y así llegamos al 17 de agosto de 1896. Ese día, Arthur Edsell conducía su flamante Roger-Benz por el barrio de Crytal Palace, en Londres, cuando atropelló a Bridget Driscoll, quien
falleció en el acto, convirtiéndose en la primera víctima de un accidente automovilístico.
Un año antes, en 1895, el Club del Automóvil Italiano ideó las primeras señales de tránsito “modernas”.
Sin embargo, había un problema cuando los conductores pasaban de un país a otro, estas cambiaban. Para evitarlo, en 1909 nueve gobiernos europeos acordaron la utilización de cuatro símbolos para todos los países: peligro, curva, intersección y paso a nivel.
Más de veinte años, los transcurridos entre 1926 y 1949, tardaron en unificarse el resto de señales en toda Europa, a las que se sumó Estados Unidos a partir de 1960.
En Chile, la primera Ley de Tránsito se dictó el 2 de agosto de 1908. Obviamente, estaba diseñada para los carruajes y los caballos.
Contemplaba, por ejemplo, que la obtención de una licencia para manejar carretas necesitaba de la recomendación de los vecinos, para certificar que era una persona digna
de esa responsabilidad. Los autos tenían un límite de velocidad de 14 km/h en las ciudades
y los conductores debían emplear un lenguaje respetuoso y bien manejado.
Si esa norma siguiera vigente, habría pocos en las calles.














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