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La nueva generación del modelo puede que sea la menos Mini de la historia de la marca. Qué bueno.
Ya es un lugar común decir que el nuevo Mini Countryman es el menos Mini de todos. ¡Hasta cuándo! Como si la obligación de Mini fuera hacer autos chicos, duros e incómodos. En cambio, acá proponemos otra mirada: es una virtud que Mini haya sido capaz de desarrollar un crossover amplio, cómodo y además, entretenido de manejar.
Entonces, convencidos de que lo de “menos es más” es una burrada, nos embarcamos en la prueba de un
Countryman de 4,29 metros de largo, lo que en buenas cuentas significa que es como 20 cm más largo que el anterior, pues de hecho resulta más largo que el Clubman, hasta ahora el modelo más grande de la gama de esta marca.

Y el tema es que esos 20 cm extra no van a los parachoques o a los voladizos por puro efectismo, sino que se aprovechan para entregar un habitáculo más grande, donde los pasajeros de atrás van más cómodos que en cualquier otro Mini que se recuerde.
Además, el tamaño adicional también favorece al maletero, que con 450 litros tiene 100 más que el de la generación anterior.
Con todo y su aumento de tamaño, el estilo del auto sigue siendo inconfundible.
Ahí está el ADN de la marca, de manera que centímetros más o menos, el usuario estará permanentemente
consciente de que está a bordo de un modelo con identidad muy clara. Más todavía cuando se observa el interior, que es irrenunciablemente propio de Mini, con esa enorme pantalla digital central redonda y las teclas de tipo aeronáutico.

Todo esto se engloba en un habitáculo de mayor calidad a la vista y al tacto, cargado de material mullido en las zonas superiores y con una ausencia total ruidos parásitos o de rodadura. La iluminación ambiente toma un papel protagónico más allá del los halos de la pantalla central.
Ahora la moldura frente al copiloto también se ilumina según la tonalidad e intensidad que elijamos.
En nuestras manos tuvimos un Countryman Cooper S de 192 cv, asociado a una caja de cambios automática y a un sistema de tracción total “All4”.
Se muestra ágil en todo tipo de circunstancia, cortesía de una dirección de asistencia electromecánica con un ajuste muy directo y de una suspensión, que si bien es firme, es sin duda la más suave de todas las de la gama. Incluso cuando se cambia el modo de conducción.

El motor ofrece un empuje más que suficiente en cualquier situación, aunque las sensaciones no son abrumadoras. Seguro que un peso de más de 1.600 kilos para un Cooper S con cambio automático y tracción total tiene mucho que ver.
Hubiera sido interesante tener algún tipo de mando sobre la tracción, pero parece que Mini confía ciegamente en el control electrónico. El sistema envía la potencia solo a las ruedas delanteras en condiciones normales, reduciendo el arrastre y, por tanto, el consumo.
Cuando el sistema detecta una pérdida de tracción conecta el eje trasero. En conducción por caminos no pavimentados no notamos su intervención, como tampoco sentimos la presencia de la electrónica, incluso en terreno mojado, lo que da buena cuenta de su puesta a punto. Pero por otro lado, su consumo promedio en torno a 7 km/l no es nada satisfactorio.
Con una altura libre al suelo de algo más de 16 cm, no es la primera opción para circular en caminos malos. Por ello, la capacidad de la tracción integral hay que verla como una respaldo de seguridad activa en lugar de un recurso off road, pero dado el empleo habitual de este tipo de vehículos, no parece que Mini haya pretendido algo diferente.









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